Creativos Independientes

EL MEJOR DE LOS DESEOS

Las bolas del sorteo de navidad, con el premio gordo

Posiblemente habrá sido por la borrachera creativa en la que andaba inmerso, porque este tiempo de confinamiento ha dado para mucho. Borbotones de ideas, proyectos, letras, melodías, buenas intenciones, e incluso, algún que otro propósito de enmienda. Todo esto, facilitó que me alejara, de manera sustanciosa, de esta ventana por la que me gustaba asomarme e invitarlos a asomarse conmigo, para desde aquí ver la vida, tal y como yo la veo.

La verdad, no todo fue invocar a las musas perdiendo los nervios y la esperanza detrás de la nota perdida o del verso perfecto, empleé el tiempo en cosas en las que nunca pensé que dedicaría ni un segundo de mi día. Hacer deporte; 100 flexiones, 200 abdominales y 200 sentadillas, han sido el menú diario que ha pasado a formar parte de mi día a día, desde el día tres de la cuarentena.

Me suena el teléfono, la mañana de aquel sábado 14 de marzo, segundo día del confinamiento, justo una semana después de haber presentado disco con Alma de Bolero en el Auditorio Infanta Leonor de Los Cristianos, Tenerife. Un mensaje de whatsapp que me envía Alberto anuncia un nuevo día. Entrenamiento personal con “no sé quién del gimnasio no sé qué”.

Alberto y yo nos conocemos desde que tengo uso de razón, es más, no puedo llegar a alcanzar a recordar el momento en que no nos conocíamos. Vivíamos a tan solo unos metros el uno del otro, en la calle Antigua General Franco, actualmente llamada calle Amalia Alayón, es decir, corriendo a toda velocidad, o mejor dicho, a toda la velocidad que podía correr un niño de 6 ó 7 años, tardábamos, de su casa a la mía, 18 ó 19 segundos. La de veces que nos “conometramos”. Y es que nuestros relojes Casio tenían eso mismo, “conómetro” y una capacidad increíble de aguantar la presión bajo el agua, llegando a soportar ¡400 metros de profundidad, o más! Por cierto, nuestros relojes no tenían cronómetro sino “conómetro”, pues pa´eso mismo, pa´ “conometrar”.

Podríamos decir que Alberto siempre ha sido algo así como mi escudero, mi media naranja, mi lacayo, pero no de esos del medievo, de carácter sumiso que se limitan a cargar con las pertenencias de su señor, ni mucho menos, porque él siempre fue todo lo contrario: honesto, fiel, sincero… bueno. Atrevido en los retos, a la vez que torpe en su destreza, y con la misma torpeza que poseía, aumentaba su nobleza que derrochaba, entregándola sin mirar a quién. Siempre conmigo a todos lados, como la sombra y el muro. Mi madre que nos ha visto crecer juntos, siempre ha utilizado la siguiente expresión: “Ahí van, el cofre y la media manta”. La verdad, no entendí nunca el significado de esa expresión, pero si la usa mi madre para definir nuestra amistad, esa expresión, me vale.

Siempre hemos sido terriblemente distintos: él, callado y reflexivo, yo, hablador e impulsivo. Él moreno, pero moreno moreno, casi tan moreno como el pan bien horneado, en cambio, yo soy blanquito como ese otro pan que no cruje cuando lo partes. Él, guapo a más no poder y yo, eso sí, súper, pero súper simpático. Él, con un cuerpo, que en vez de haber sido gestado en el útero de su madre, parece que haya sido diseñado y esculpido en el taller del mismísimo Miguel Ángel, en cambio, yo… yo… siempre he sido “fuertecito”. La música, como todos ya saben, siempre ha sido mi horizonte, en cambio, él jamás ha sido capaz de cantar el cumpleaños feliz con algo de sentido, más bien, si se lo escuchas cantar, está a camino entre una letanía y un pensamiento en alto. Y así, podría seguir enumerando diferencias, llegando a extenderme, por lo menos hasta llegar a completar varios artículos como éste.

Soy de esas personas que jamás compra apuestas del estado en ninguna de sus variantes, ni Bonoloto, ni Quiniela, ni Euromillón… nada de nada, porque al fin y al cabo, soy un afortunado, un millonario por tener amigos como Alberto.

La amistad es uno de los bienes más preciados que podemos atesorar. Es raro el día, que no haga un pequeño parón mañanero para vernos, aunque sea 15 minutos y ponernos al día, porque después de una vida de amistad, aún tenemos ganas y cosas que contarnos, así que, en vez de desearte a ti, lector, que te toque la lotería, mejor te deseo una amistad como ésta que te he contado.