Creativos Independientes

La música en La España de Los Balcones

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A las 20:00 horas (19:00 hora de Canarias), como cada tarde, el bullicioso aplauso emocionado de las personas surge al unísono desde cada balcón, con el mismo poder que tiene el batir de las alas de un ave marina al emprender su vuelo, con el objetivo puesto en el ansiado e inmenso mar. Ese aplauso es el gesto agradecido de cada ser humano, a los que se están jugando la vida cada día por todos nosotros: a los enfermeros, los celadores, los transportistas, el ejército, a los que investigan por la ansiada vacuna, a los trabajadores de los supermercados, a los que trabajan en las farmacias, a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado… en fin, a todos y cada uno de nuestros Héroes, sí, Héroes con mayúscula.

Me emociona ver cuando la gente sale a los balcones a aplaudir buscando la mirada cómplice del vecino para saludarse efusivamente, con el mismo, al que hasta estos días, jamás había saludado. Se producen conversaciones cada tarde, en La España de Los Balcones. Conversaciones llenas de esperanza donde se diseñan las nuevas escalas de valores alrededor de la importancia que tienen los detalles más simples que dan sentido a la vida: “¡No imaginas las ganas que tengo de ir a ver a mi madre!, “yo, cuando esto termine, lo primero que haré es ir a comprar para hacer un bizcochón en invitar a mis hermanos a casa”, “ir a la playa y sentarme en la orilla mientras las olas me mojan los pies”… y así, van sucediéndose confesiones entre La España de Los Balcones.

Vivo en el sur de Tenerife, en Los Cristianos, justo delante del mar. Reconozco que es un lugar maravilloso. Fíjate si es maravilloso, que muchas veces, en los meses de enero o febrero, si salgo en cholas (chanclas) a la calle, me hago un selfie donde se me vean los pies y se lo envío a colegas que viven en latitudes, donde en ese mismo momento, el termómetro marca muchísimos grados menos, con la única intención de dar un poco de envidia, para que así no se olviden y vuelvan a ser conscientes de lo maravilloso que es este lugar.

En el centro del pueblo hay un edificio hecho gracias al trabajo y el sudor de una familia. En ese edificio hay un balcón y en ese balcón, cada día después del aplauso a nuestros héroes, sale un hombre decidido a ofrecer ese don atemporal que heredó de sus antepasados sin saberlo. Ese mensaje que hace posible que la tradición musical de un pueblo pase de padres a hijos. Esa manera de transmitir el mensaje, que sólo los que lo han recibido desde la verdad de la tradición, son capaces de emocionar, porque cuando lo hacen, es como si lo vomitaran, ya que siempre produce ese dolor ancestral, porque sin duda es el mismo mensaje de tiempos pretéritos, de épocas de pena, de necesidad en la mesa y dureza en el trabajo.

Termina el aplauso y sale con el timple entre sus brazos. Ya no queda otro camino que abrir el alma, y sin ser consciente de lo que realmente está haciendo, deja salir las mismas folías que tantas veces cantó desde niño, como si fueran una plegaria al cielo o la mismísima saeta entonada a la Macarena de Sevilla.

Una vez más, la música transforma la vida de las personas gracias a los que tenemos la suerte de vivir por y para ella, y hoy, mientras escribo este post, me siento inmensamente feliz porque la persona de la que hablo es mi padre.